Don Próspero — envejecido, en paz — extiende la mano. En su palma hay un jaguar de madera del tamaño de un pulgar. Lo talló su madre.
«Mi madre lo hizo. Ella sabía los nombres de todos los árboles. Yo los olvidé. No quiero que este se pierda.»
Candelaria recibe el jaguar. Lo mira. Lo pone en la mano de Yaguará. Yaguará lo sostiene en la boca — un jaguar sosteniendo un jaguar — y algo cambia. El ciclo se cierra.
El jaguar tallado y la palabra intraducible de Doña Asunción. Dos cosas que Yaguará lleva y que no se pueden decir — solo sostener. Eso es la sociolingüística vivida: lo que el lenguaje porta sin pronunciar.