El camino de Don Próspero ha dejado una cicatriz en la tierra. No es una herida que se cierre. Los árboles que cortó no vuelven. Los ríos que desvió no retornan a su cauce.
Pero de la cicatriz crecen plantas nuevas. No son las mismas que había antes. Son diferentes. El bosque no se restaura — se transforma.
«Yo también envejezco. Mi camino era mi legado. Pero mira lo que dejó: una herida que el bosque está aprendiendo a usar.»
Cóndor Viejo observa desde arriba. Dicho paisaje — el camino, la cicatriz, las plantas nuevas — cuenta una historia. Lo anterior revela que el cambio es irreversible. Lo siguiente determina qué hacemos con ello.
Yaguará comprende: no puede curar sin volver atrás. Solo puede avanzar. Pero avanzar requiere conectar lo que fue con lo que es — y eso es cohesión.