Candelaria ha crecido durante el viaje. Ya no es la niña que anotaba todo en su cuaderno. Ahora es una joven que entiende que las palabras pueden proteger o destruir.
Ha escuchado todas las voces de Colombia: la cadencia paisa, el ritmo costeño, la formalidad bogotana, el canto llanero. Cada una dice la misma verdad de forma diferente.
«No son dos lenguas. Soy yo entera. Cuando hablo con el Mamo, uso un registro. Cuando hablo con Río, uso otro. Cuando escribo en mi cuaderno, uso otro más. No cambio — me adapto.»
La decisión: ¿se queda con Yaguará para proteger el bosque, o vuelve al mundo humano para contar la historia? Para convencer a cada audiencia, necesita un registro diferente.
Al Mamo (formal/respetuoso): «Sería necesario considerar las implicaciones de abandonar este territorio sin protección.»
A Río (coloquial/fraterno): «Parce, esto está grave, hay que hacer algo ya.»
En su cuaderno (personal/reflexivo): «No sé si las palabras bastan. Pero son lo único que tengo.»