Yaguará regresa al bosque. Pero el bosque no es el bosque que dejó. Los árboles están grises. Los sonidos se han apagado. Abuela Ceiba está pálida — sus hojas caen sin viento.
Para que el bosque vuelva a vivir, alguien tiene que nombrarlo otra vez. Sin que nadie lo nombre, el silencio avanza. A menos que Yaguará encuentre las palabras, todo se perderá.
Figuras luminosas aparecen entre los árboles. No son humanos. No son animales. Son Los Antiguos — presencias que existían antes de los nombres.
«Para que entiendas lo que la montaña dice, sin que el viento te confunda, necesitas escuchar con el cuerpo entero.»
Para que el mundo vuelva, sin que el silencio gane, a menos que todo se pierda.