El milagro preparado desde el destino 14. Candelaria — quien nunca ha escuchado el bosque hablar, quien siempre ha necesitado que Yaguará traduzca — pone las manos en el río.
Por primera vez, escucha. No palabras. No lenguaje. Algo debajo del lenguaje — el pulso que conecta todos los nombres.
Llora. Yaguará está a su lado. Ninguna habla.
Este es el primer momento de la historia en que el silencio no es pérdida sino comunión.
«Ahora entiendo. No es traducir. Es escuchar con todo el cuerpo. Doña Asunción no necesitaba palabras. Necesitaba presencia.»
Abuela Ceiba brilla un poco más. No mucho. Pero lo suficiente.
Para expresar esta experiencia trascendente, Candelaria necesita todo lo que ha aprendido: subordinación para la complejidad, retórica para la verdad, intertextualidad para el diálogo, y un registro que honre tanto la academia como el misterio.