Abuela Ceiba está muriendo. No físicamente — lingüísticamente. Está olvidando sus propios nombres, sus propias historias. Entra en un estado de sueño.
Yaguará entra en el sueño con ella. Dentro: la memoria de la ceiba — siglos de nombres, caras, canciones, lluvias. Se dispersan como hojas.
«Cada nombre que olvido es un mundo que desaparece. No me pidas que elija. Pero alguien tiene que elegir.»
Yaguará debe atrapar los nombres, pronunciarlos, sostenerlos. Pero no puede atraparlos todos. Tiene que elegir cuáles salvar.
No todo puede preservarse. Elegir es perder algo más. Lo que no se dice tiene más peso que lo que se dice.