Yaguará entra en el corazón de El Silencio Gris. No está oscuro. No está vacío. Está casi. Casi algo. Formas que fueron árboles. Sonidos que fueron canciones. Colores que fueron brillantes. Todo en la punta de la lengua.
Las formas eran como árboles que soñaban con ser árboles. El aire olía a algo que ya no tenía nombre. El río se movía, pero sin sonido, como si alguien le hubiera quitado la voz.
Yaguará entiende: debe hablar. Debe nombrar. Cada nombre que pronuncie va a hacer que una cosa se vuelva real otra vez. Pero no puede recordar todos los nombres sola. Para eso necesitó cada historia que reunió, cada voz que escuchó, cada fragmento que guardó.
Nombrar es hacer existir. Callar es dejar morir. Este es el momento más difícil del viaje. La prueba suprema. El lenguaje como resistencia al olvido.
Dice «ceiba» y un árbol respira. Dice «guacamaya» y un color regresa al cielo. Dice «río» y el agua vuelve a cantar. Pero quedan muchos silencios. Demasiados nombres perdidos. El Silencio Gris no desaparece con una sola voz.