Yaguará llega a una poza de agua inmóvil. Se detiene. Ve su reflejo. Pero algo no está bien. El reflejo se mueve diferente. Habla diferente.
La Sombra habla con gramática rota. Las palabras salen en orden equivocado. Los verbos están mal conjugados. Donde debería haber voz, hay silencio. Es todo lo que Yaguará teme ser.
«No vas a poder — dice La Sombra —. Las palabras no son tuyas. Nunca lo serán. Siempre vas a equivocarte. Siempre van a notarlo.»
Yaguará siente el miedo. Teme que La Sombra tenga razón. Duda que sea suficiente. Le preocupa que el silencio sea más fuerte que su voz. Pero entonces recuerda algo: La Sombra no es un enemigo. Es una parte de ella misma.
No hay que derrotar a La Sombra. Hay que abrazarla. «Aunque tenga miedo — dice Yaguará en voz alta —, sigo hablando. El coraje no es la ausencia del miedo.»